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Jueves, 8 de mayo de 2008 COMUNISMOS DE CLOACA Antonio A. Herrera-Vaillant aherreravaillant@yahoo.com El comunismo clásico se inició como el sueño utópico de una sociedad sin clases; y como sistema de gobierno sostuvo tiranías personales que justificaron monstruosos crímenes en aras de un ideal superior. Terminó como gran estafa y gran fracaso. Sin embargo, muchos comunistas clásicos tuvieron sólidos antecedentes culturales. Uno se podía oponer a sus ideas y repudiar sus ejecutorias políticas sin dejar de reconocer en ellos personas de elevada cultura, gentes con dotes personales que les distinguían. Aquel repertorio incluía a dirigentes de la talla de Sartre, Neruda, Gramsci, Rivera, Alfaro Sequeiros, Picasso, Niemeyer, Alfredo Palacios, Luis Carlos Prestes, José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Gustavo Machado Morales, Salvador de la Plaza, Miguel Otero Silva, y otros. Incluso sus más aborrecibles tiranos como Lenin, Stalin, Mao Tze Tung, Ho Chi Minh, Ceaucescu, y los hermanos Castro terminaron desplegando conductas públicas circunspectas. Se les podía odiar y temer: pero parecían gente seria. Donde los anteriores dirigentes comunistas infundían respeto o terror, los nuevos producen vergüenza, desprecio ó hilaridad. ¿Cómo comparar aquellos comunistas históricos con una canalla como la Bonafini y los narcoterroristas de las FARC; ó con Reyes Momos como Daniel Ortega, Evo Morales, y otros más que no ameritan mención? La neocomunismo latinoamericano es una mazamorra de vulgaridad, mediocridad, complejos é incompetencia. Se nutre de sórdidos resentimientos y frustraciones personales traducidas en insaciable sed de venganza. Desciende a las cloacas para buscar – entre delincuentes y desadaptados – patrones de conducta para cada país. Proclama a la soez procacidad y la grotesca vulgaridad como emblemas de lo “popular”. Se rinde ante demagogos rodeados de adulantes, que evocan a la memoria del demente Emperador Henri Christophe cuando nombraba a sus secuaces como duques de la Mermelada y condes de la Limonada; ó a Calígula, cuando nombró Cónsul Romano a su caballo. Su “revolucionarismo” se traduce en delincuencia organizada desde el poder, con partidos que terminan siendo simples agavillamientos donde el mérito fundamental es la total abyección ante el mandamás de la pandilla. Los audaces y grandilocuentes caudillos del neocomunismo latinoamericano se juran padres de un nuevo orden. Al final son pintorescos brotes de atraso cívico, cuyos intrascendentes castillos de arena serán barridos por la historia.
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